martes, 10 de abril de 2007
Robo de ganado


Oswaldo revisó su bolsillo y sacó una funda plástica que contenía cuatro balas, puso dos balas más que faltaban para completar el cargador, se la colocó en la parte delantera presionándola con el ombligo, y partió tras los intrusos.
Oswaldo Meneses acababa de comprar su primera finca, un pastizal con varios potreros, a los extremos siguiendo el cerco había muchos sauces, una pequeña villa en la parte más alta, y un corredor en el que ubicó la hamaca.
El dinero lo adquirió de sus hijos que residían en el extranjero. Decidió vivir en el campo porque ya llevaba mucho tiempo arrendando en la ciudad, además tuvo problemas con un vecino, quien decidió amenazarlo con un “Ya verás maldito algún día me la pagas”
El barrio se enteró haciendo que Oswaldo sea el más odiado, entonces decidió comprar un terreno para cuidar ganado y olvidarse de la ciudad.
Doña Yolanda, su esposa, no tuvo otra elección que apoyarlo.
El vendedor era un anciano quien vivía en la ciudad con su familia, solo lo iba a ver los fines de semana, pero al necesitar cuidador, y al no tener apoyo de su familia para seguir manteniendo la finca.
La única salida era vender.
Luego de un mes Oswaldo vivía tranquilo, cuando se entero que a un vecino cercano le habrían robado dos vacas, las cuales fueron sacrificadas en uno de los terrenos circundantes, la policía llegó e inició las respectivas investigaciones.
Cierto día, mientras leía el periódico en su hamaca, su perro lo alertó con su ladrido y notó a una pareja que se cruzaban por sus praderas, éste se levantó enseguida y les hizo señas para que se fueran, les gritaba a viva voz pero estos tan solo veían de lejos y seguían caminando por en medio de sus propiedades, Oswaldo revisó su bolsillo y sacó una funda plástica que contenía cuatro balas, logró su arma y revisó que esté cargada, le puso dos balas más que faltaban para completar el cargador, se la colocó en la parte delantera presionándola con el ombligo, y partió tras los intrusos acompañado de su perro, intuyendo que se podría tratar de unos ladrones…

Armando Paredes un campesino que vivía a dos leguas más allá, pasando la loma que colindaba con los terrenos de Oswaldo. Era un agricultor sencillo y tranquilo quien se dedicaba al cultivo de duraznos junto con su esposa Alba.
Esta pareja tenía dos hijos; Juanito y Rubencito, el primero mayor con un año de su sucesor.
Un compadre de Armando (Rómulo) llegó a pedirle que le prestara cincuenta dólares que necesitaba para comprar las recetas medicas de su mujer, la cual adolecía de ulceras, con la condición que “apenas salga la chacrita le pagaría”. Armando no le prometió nada hasta consultar con su esposa.
Alba se encontraba en la habitación, planchando la ropa.
-Dice Rómulo que le prestemos cincuenta dólares, porque la mujer es que esta enferma- dijo Armando.
-pero no tenemos plata- objetó la mujer
-Prestémosle de la platita guardada, porque ya sabes que una desgracia a todos nos pasa
-Ya pero yo misma le digo.
Ambos salieron de la habitación al patio, en donde se encontraba Rómulo conversando con Rubencito.
-Ándate a jugar por allá- dijo la mujer.
-¿Cómo está comadrita que se cuenta?
-Aquí nomás compadre lidiando como siempre. Verá le vamos a prestar la plata porque la comadre es que esta bien malita.
-Si vuelta se empeoró.
-Pero vera que es lo uniquito que tenemos el durazno ya no se vende como antes.
- No se preocupe, apenas salga la chacrita que ya esta para un mes, yo les devuelvo.
-¡Ya!, espéreme un ratito ya le traigo.
-¡Muchas gracias, comadre!
Entró la mujer a la alcoba, abrió una pequeña caja de madera que se hallaba entre la ropa, y debajo de unas fotografías, sacó una funda plástica que se encontraba enrollada, y de ella sustrajo un pequeño tongo de billetes, que se encontraban doblados y sujetados con una liga, agarro cinco de diez dólares y volvió a dejar las cosas como se encontraban al principio. Y se los entregó a Rómulo diciendo.
-A ver compadre aquí están, diez, veinte, treinta, cuarenta y cincuenta. No se olvidará, porque estamos también un poco necesitados.
-No se preocupe no le quedare mal.
Se despidieron, y se marchó por el camino que daba a la carretera, por donde luego de pasar la loma, se veía a lo lejos una casa que según rumores ya tendría nuevos dueños, pasando por aquella finca y dando la vuelta en una pequeña curva a la final de ésta se veía su pequeña casa, revestida de barro, y viejo tejado.
Transcurrido el mes de prorroga, Alba le pidió a su esposo ir a cobrarle a Rómulo, y de paso visitar a la enferma para ver como se encontraba. Decidió ir ella misma a cobrar, Armando estuvo de acuerdo y decidió acompañarla. Luego de darles de comer a sus hijos salieron rumbo a la casa de Rómulo.
A lo que armando iba a coger el camino que daba a la carretera ella le interfirió diciendo.
-¡Vamos por aquí! se nos hace mas cerca, porque hasta ir a la carretera y llegar a la casa del compadre nos da la noche.
-pero la finca que da al otro lado ya tiene otro dueño.
- que le va a importar ¿acaso vamos a robar?
Continuaron atravesando la loma, que sería el camino más corto hacia la casa de Rómulo mientras cruzaban por uno de los potreros de la finca que seguía, vieron un hombre alto y grueso los miraba y les hacia señas desde lejos, sin poder escuchar lo que les decía ya que solo se escuchaban los ladridos de un perro.
El hombre parecía molesto y poco a poco bajaba por el resbaloso camino, la lluvia apenas había cesado.
-¡vamos!- dijo la mujer –ese hombre parece enojado, cree que somos ladrones.
-¡no! El que nada debe nada teme, ¿acaso somos ladrones?, esperémosle para ver y le explicamos que solo estamos de paso.
-¡¡Pero que bestia, que hombre para necio!!
El hombre se acercaba cada vez mas rápido vociferando advertencias, acompañado de su perro. A lo que este llegaba, Armando, parado y algo nervioso, mientras se acercaba a la voz de ¡salgan ladrones! Cuando éste ya estuvo lo bastante cerca…
-señor ¡buenas tardes!- con palabras llenas de temor- pasábamos por aquí porque simplemente acortábamos camino.
-ustedes son ladrones de ganado- exclamó mientras sacaba su revolver.
Armando y Alba, al ver al hombre muy enojado corrieron cuesta arriba aduciendo su inocencia, pero Oswaldo lo alcanzó y le propinó un fuerte y profundo golpe con la cacha del revolver, Armando cayó al suelo y Oswaldo lo ganó a patadas. La mujer gritaba desesperada y se lanzó en contra del agresor. Doña Yolanda miraba lo que sucedía decidió llamar a la policía, estos vinieron y se llevaron al supuesto ladrón. Oswaldo hizo la denuncia en contra de armando, pero éste salió de la cárcel al no encontrarle indicios de ser cuatrero.
Enardecido, Armando decidió denunciar a Oswaldo por agresión, pero los jueces no hicieron justicia.
Rómulo fue a casa de Armando para enterarse bien de lo sucedido, y de paso pagarle. Al enterarse puso la misma cara de consternado que pusieron la mayoría de vecinos cuando supieron de lo ocurrido.
-compadre muchas gracias por prestarme el dinerito, ¡sabe, esto no debería quedar así!, ese hombre medio loco podría asesinar a cualquiera.
-así es compadre ¡ya ve! ahora todos lo odiamos, usted sabe uno ¿cuando se ha robado tan siquiera una aguja?
-¡Nunca! por eso a usted y a la comadre los queremos, bueno hasta luego que pase bien.
-ya Rómulo, ojala cambie el tipo, no vaya a ser que haya alguna desgracia.
-¡ninguna desgracia compadre! no vamos a dejar que ese tipo haga de las suyas, bueno me tengo que ir, mi esposa me esta esperando adiós.
-adiós compadre.
Una mañana, Doña Yolanda había ido a la ciudad en busca de providencias. Oswaldo se encontraba en la puerta del corral cuando vio muy cerca ocho hombres armados con palos y carabinas, quiso correr, pero no pudo, porque le interceptaron, y le propinaron una severa paliza que lo llevo a cuidados intensivos.
Mientras Oswaldo se recuperaba de sus lesiones, que no fueron más que tres costillas rotas, una fractura en la pierna derecha además de múltiples hematomas en toda su humanidad, al tercer día de ocurrido el percance llegó Doña Yolanda con la noticia que al amanecer encontró el corral completamente vacío, y en una esquina alejada encontró un gran montículo de osamentas.
Oswaldo, cerrando los ojos, regresó la cabeza lo más atrás posible. Y regresando a ver a su mujer exclamó:

¡Suerte para hijeputa!


Ardiendo

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Publicado por franzstephen @ 10:51  | CUENTOS FICCIÓN
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