S?bado, 11 de agosto de 2007

Hermen Polaski

“No hay memoria que el tiempo no borre ni dolor que la muerte no extinga” 

Don Quijote.

 

La Belleza de Cristina

 

Pienso que en todo lugar es lo mismo, inclusive en Lesyac, siempre ocurren casos intrigantes—. Decía Miguel El Grande, el hombre más rico de Samacsac, a su nieto José Andrés, quien lo visitaba en la oficina principal de su corporación en la ciudad de Lesyac, capital de Samacsac.

 

El caso de Cristina por ejemplo. Una viuda que vivía sola; subsistía gracias a la renta del segundo y tercer piso de su casa, y a una pensión vitalicia que recibió desde la muerte de su esposo, quien fue militar y murió como héroe de guerra.

 

Aunque tenía cuarenta años, mantenía su cuerpo esbelto gracias a  rigurosas dietas, pero su rostro no iba de la mano con su vanidad.

 

— ¿Por qué abuelo?

 

—No fue bonita en su juventud, y tras la muerte de su esposo, años de sufrimiento surcaron aún más su rostro.

 

Hasta que llegó el día en que cambiaría su vida…

 

— ¿Qué pasó abuelito? —preguntó muy interesado José Andrés.

 

—El sol bordeaba el Este aquella mañana de primavera—. Continuó Miguel. —Las delicadas flores del jardín relevaban exquisitas aromas. Muy contenta al pie del rosal Cristina laboriosa, con una regadera se entregaba a su cuidado. Tarareaba aquella vieja canción que en los afluentes de su juventud enamoraba doncellas.

 

De pronto, alguien se acercó a la verja…

 

— ¡Señora! —Cristina regresó a ver—. ¡Buenos días! ¿Es usted la dueña de casa?

 

— ¡Sí! —Contestó algo intrigada.

 

— ¿Cómo está? Me llamo Daniel Drubenger—, y continuó. — Soy estudiante de la “Universidad  de Lesyac”. Debo tomar en arriendo un departamento y me recomendaron su casa. No trabajo, pero si el precio es conveniente mis padres podrán pagarlo.

 

Daniel Drubenger era un joven de mediana estatura, tez blanca y cabello cobrizo. Nació en Olavato hacía veintitrés años, su sueño era convertirse en un gran economista. Sus padres eran dueños de un modesto almacén de ferretería. Daniel decidió estudiar en Lesyac, como todo provinciano, creía que las mejores escuelas están en la capital.

 

Al admirar el rostro del joven, Cristina sintió algo que hace muchos años había olvidado. Prometió a su marido amarlo para siempre, y luego de que él muriera había pensado estar sola, pero vio en Daniel una oportunidad para rehacer su vida.

 

— Se ve que lo quieren—. Dijo Cristina.

— ¡Claro!, además soy hijo único. ¿Usted tiene hijos? —preguntó Daniel.

— ¡No! —respondió ella.

— ¡¿Acaso es soltera?!

— No, soy viuda. Mi esposo murió hace años y no tuvimos hijos.

— Lo lamento—. Dijo Daniel mientras se apoyaba en la verja.

— No se preocupe, a las personas como yo el tiempo nos hace fuertes—. Respondió con una leve sonrisa. —Por cierto.... ¿Cómo dijo que se llama?

— Daniel.

—Daniel, usted ha llegado al lugar correcto. Hace tres semanas desocuparon el departamento del tercer piso, lo hice readecuar y creo que está listo. Si desea lo puede ver ahora—. Dijo Cristina sonriendo.

 

— ¡Claro! Por qué no—. Respondió él.

 

— Pase por aquí—, invitó Cristina señalándole el jardín—. ¡Cuidado me pise las flores!

 

Cristina lo llevó a través de un zaguán que daba a las escaleras que van al segundo y tercer piso.

 

— ¡Aquí es! —Dijo Cristina en el descanso del departamento. —Las llaves donde las tenía... ¡ah...! ¡Aquí están! —Dijo luego de rebuscar en sus bolsillos, estaban en el bolsillo monedero del pantalón. —Para el chirrido de la puerta— continuó mientras la abría —solo hay que ponerle un poco de aceite en las bisagras.

— No se preocupe, eso no es problema—. Respondió Daniel mientras entraba al departamento.

— ¿Qué le parece Daniel? ¡Mire la sala!

— Me parece un poco grande —dijo él al observar el lugar.

— No se preocupe. Tengo unos muebles que están demás en mi casa y puedo prestarle.

— ¿Tendrá un costo adicional?

— No Daniel, le digo que están demás, no le costará nada.

— ¡Gracias es usted muy amable! ¡Cierto… qué mal educado soy! ¿Cómo se llama?

— Cristina.

— ¡Mucho gusto señora Cristina!

— ¿Y qué edad tiene Daniel?

— Veintitrés años.

 

Cegado por la amabilidad de la viuda, Daniel decidió arrendar. Al siguiente día llevó sus cosas al nuevo departamento y luego de tres días fue junto con dos jóvenes más, a retirar los muebles que muy amablemente le prestó Cristina.

Al llegar a la puerta, Daniel observó el exquisito gusto de Cristina para las artes decorativas. La puerta de la casa era de cedro rojo y tenía una afrodita emergiendo de la espuma tallada en el centro. Aquellos detalles no los había notado antes. El timbre también tenía una forma especial que armonizaba con el acabado de la puerta. Al tocarlo, un replicar de dulces campanas apagó el silencio.

— ¿Quién es? —gritó Cristina desde el interior. Eran las once de la mañana y se encontraba haciendo el almuerzo.

—Señora Cristina ¿Cómo está?

Cristina abrió la puerta…

— ¡Daniel! ¿Qué lo trae por acá?

—Vine por los muebles que decidió prestarme.

— ¡Oh… qué tonta soy! pase.

—Traje unos jóvenes para que me ayuden.

—Está bien, pasen por aquí.

—Fue muy amable al prestármelos señora Cristina.

—Oh... no es nada Daniel, en mi casa son un estorbo.

—Pero aun así señora, muchas gracias.

Entraron tres jóvenes junto con Daniel hacia el patio posterior donde se encontraban los muebles, eran muebles modernos que Cristina había comprado para cambiarlos con los “Luís XV” que tenía en su sala, pero desistió al notar que los antiguos se veían mucho más elegantes.

— ¡Cuidado con la puerta!, ya les abro—. Dijo Cristina mientras los muchachos salían un poco incómodos con los muebles.

— ¡Bueno señora Cristina, muchas gracias!, se los cuidaré muy bien, hasta mañana, me despido porque aún tengo mucho que arreglar.

— De nada Daniel y no se preocupe.

 

En el piso superior…

 

— ¡Mira amor!—, dijo la mujer. —La Cristina le prestó unos muebles al muchacho que llegó recién.

— ¡Tal vez se los vendió! —Dijo el marido.

— No creo, porque ella nunca vende sus cosas. Algo se traen esos dos.

— ¡Ya María! —Objetó—. ¡Deja de meterte en la vida del resto!

— ¡No me estoy metiendo en la vida de nadie! solo te estoy conversando.

— ¡Entonces deja de conversarme acerca la vida de los demás! A ver… ¿Ya está el almuerzo?

— ¡Que molestoso eres!

— ¡Ay... que molestoso eres! —Le remedó su marido haciendo ademanes—. ¡Claro! ¡Preocúpate de tu marido y de tus cosas y no te metas en la vida del resto!

— ¡Está bien ya voy! Para eso salimos de la casa de mi mamá.

— ¡Claro, allá te solapaban todo!

— Ellos si me quieren no son como tú.

— Bueno… ¿Vamos a hablar de tu familia o me darás de comer? —Dijo algo molesto.

— ¡Ya voy amo! —Indicó María furiosa. Su marido Carlos Barrionuevo era empleado en un almacén de la localidad. Deseaban tener casa propia, por eso vivieron un tiempo en casa de los padres de María, para ahorrar algo de dinero y comprar una casa. Pero en vista de una serie de problemas que tuvo con la familia de su esposa, Carlos decidió que pasarían a vivir en casa de Cristina, él no ganaba mucho, pero era suficiente para vivir con su esposa e hijos; Carlitos de siete años y María José de cinco.

 

— ¡Mamá, no quiero comer eso! —Expresó María José.

— ¡Silencio! —Dijo la madre. —Que bastante tengo con aguantar a tu padre que viene con aires de macho a molestar.

— ¡¡María!! ¿¡Por qué te desquitas con la niña!? Algún rato me vas a hartar y me largaré con ellos de aquí. Solita te dejaré para ver que haces.

— ¡Ah! ¿Entonces la culpa es mía? ¡Puedes largarte, a la final sola he de estar feliz!

— ¡Ya papi y mami no peleen! —Dijo María José.

— Papi no pelees con ella, nosotros nos iremos contigo—. Concretó Carlitos.

— ¡Verás nomás! —Le dijo su madre con algo de ira, y agregó: —Muchacho malcriado luego no estarás molestando.

— ¡Papi! ¿Puedo jugar con Miguelito luego de hacer los deberes?

— ¿Por qué me preguntas eso?

— Porque mi mamá no me deja jugar con él.

— ¡Es un muchacho malcriado de la calle! —Dijo ella.

— El hecho que sea pobre no quiere decir que sea un mal muchacho—. Dijo Carlos y concretó. —Sí mijito. ¡Claro que puedes jugar con el! Pero después de realizar todas las tareas.

— Sí papi—. Concretó Carlitos.

 

Miguelito era el niño más pobre del barrio. Tenía catorce años, huérfano de padre y madre, vivía con su abuela. Se ganaba la vida haciendo mandados a los vecinos, siempre frecuentaba la casa de Cristina para hacerle las compras.

 

A la semana siguiente…

 

— ¡Señora Cristina buenos días! —Dijo Miguelito luego de golpear la verja y esperar que ella abriera.

— ¡Ah...! Miguelito ¿Cómo estás muchacho? Llegaste justo a tiempo para que me hagas las compras.

— ¡Ya! —Contestó entusiasmado. —Déme la lista y el dinero para comprar.

— ¡Toma aquí está, pero vendrás pronto! que todavía no hago el almuerzo.

— ¿Está de fiesta señora Cristina?

— ¿Por qué preguntas eso Miguelito?

— Porque se ha puesto más bonita.

— ¡Ay Miguelito!, —exclamó sonriendo. —Tú siempre con tus preguntas. No tengo fiesta, simplemente quise arreglarme un poco más.

— ¡Ah ya...! ¿Y por qué quiere tanto chocolate en barra? preguntó el muchacho con algo de intriga, y luego añadió:

—Usted nunca sabe comer eso ¿No dice que engorda?

— ¡Ya Miguelito! no hagas tantas preguntas y ve a comprar.

— ¡Está bien señora Cristina, voy como un rayo para el mercado! —Dijo Miguelito haciendo gesto de tener mucha prisa.

— ¡Pero apura! —Dijo Cristina haciendo señas con su mano.

 

Miguelito salió corriendo a hacer las compras. Mientras caminaba se preguntaba:

 

"Y ahora... ¿Qué le pasa a ésta señora que le ha dado por comprar tanto chocolate? Ella nunca me ha mandado a comprar chocolates".

 

Veinte minutos más tarde...

 

— ¡Ya llegué señora Cristina aquí están sus cosas! —Dijo Miguelito entregándole la canasta.

— ¡Gracias Miguelito! Toma tu propina—, dijo Cristina con un gesto de agradecimiento.

—Gracias señora Cristina. ¿Cuándo regreso?

— Ven el lunes.

— ¡Ya! Entonces el lunes le vengo a ver—. Dijo Miguelito y se fue a casa haciendo sonar en su bolsillo las monedas que Cristina le dio de propina. Tenía que llegar temprano a casa y ayudar a su abuela a vender pastelillos con lo cual se mantenían económicamente.

 

A las ocho de la noche…

 

— ¡Ring...! ¡Ring...! —Sonó el timbre del apartamento de Daniel.

— ¿Quién es? —Preguntó Daniel, quien encontraba viendo televisión recostado en el mueble en la sala.

— ¡Cristina! —Dijo ella.

Daniel dejó a un lado el control remoto del televisor y fue a abrir la puerta.

 

Efectivamente era Cristina, quien llevaba en sus manos un pequeño charol cubierto con un mantel. Estaba vestida y arreglada como para una cita especial.

 

— ¡Señora Cristina buenas noches! ¿Que la trae por acá?

—Perdóneme la indiscreción Daniel, pero necesitaba alguien con quien charlar.

—Pase señora.

 

En esos momentos Cristina se dio cuenta de que el plan estaba yendo sobre ruedas.

 

—Cuénteme ¿En qué puedo ayudarle?

—Perdone Daniel, pero es que usted me ha caído muy bien y aunque apenas nos conocemos ya le tengo cierta confianza.

— ¡Qué bueno señora!

—Veo que los muebles han quedado muy bien—. Dijo mientras echaba un vistazo a la sala.

 

—Sí señora Cristina, pero en cuanto tenga los míos yo se los devuelvo.

— ¡Hay Daniel no sea así...! Téngalos nomás. Además a mí no me hacen falta.

— Pero siéntese señora Cristina—. Dijo Daniel señalando el mueble más cómodo de la sala.

— ¡Está bien! Pero… ¿Puedo pedirle un favor?

— ¿Cuál? —Dijo Daniel.

—No me diga señora, que me hace sentir vieja.

—Bueno señora Cristina lo que usted diga.

— ¡Ya ve, lo primero que le digo! ¡Dígame Cristina nomás!

—Perdone la falta de costumbre. ¡Pero cuénteme! ¿Qué le pasó?

— ¡Ay Daniel…!—, dijo Cristina bajando un poco la cabeza. —Quedamos en reunirnos con unas amigas en mi casa para jugar dominó y pasarla bien, pero éstas no vinieron y me dejaron con los churos hechos.

—No diga eso Cristina y… ¿Qué es eso que huele tan bien?

—Pudín de chocolate al ron, lo hice para esta noche, pero como no vinieron lo traje para compartirlo con usted.

— ¡Ay muchas gracias se…! —Dijo Daniel y se detuvo—. ¡Perdón! casi le digo señora, muchas gracias Cristina no era que se moleste.

—No Daniel, más bien, disculpe usted por venirlo a molestar.

—No se preocupe, siempre estaré aquí para usted.

 

Al oír aquello, Cristina sintió una corriente por todo su cuerpo.

—Especialmente—. Continuó Daniel. —Cuando sea para compartir uno de sus exquisitos postres.

— ¡Ah! —Se sorprendió Cristina.

—Mentira, era una broma. Puede venir cuando guste, a la final es su casa.

—Pronto… También será suya. —Dijo ella con algo de picardía y recelo a la vez.

— ¡¿Cómo?!

—Que pronto quiero saber cómo salió el postre.

— ¡Ah… ya! muchas gracias.

— ¿Sabe Daniel? Tengo algo importante que decirle.

— ¡Uhmm...! —Contestó Daniel con la boca llena.

— Pero coma tranquilo, después le digo.

—Ahora si—, dijo Daniel y continuó—: ¿Qué tenía que decirme?

—Es algo importante y solo usted me puede ayudar.

—Dígame nomás.

—Bueno es que... —Dijo ella con algo de vergüenza en la voz. —Ay no me atrevo a decírselo.

—Tranquila, dígame nomás—. Dijo Daniel para darle fuerzas. La intriga lo estaba carcomiendo.

—Pasa que... —Cristina se detuvo sin saber que decir.

— ¡¿Ah?! —Espetó Daniel

Cristina se llenó de coraje y dijo:

— ¡Daniel, estoy enamorada de usted!

— ¡¡Que!!

—Sí Daniel, desde que lo vi no dejo de pensarlo.

—Perdóneme pero... ¿Acaso es una broma?

— ¡No Daniel, es cierto!

— ¡Pero usted podría ser mi mamá!

— ¡No me diga así, que no soy vieja!, —respondió algo molesta.

—No, pero como... pero como me va decir eso ¡usted esta loca!

— ¡Daniel entienda que lo amo!

—Es que no lo puedo creer, nunca pensé que esto podría suceder.

— ¡Entiéndeme Daniel! ¡Te amo!

— ¡No me diga así...! —Dijo muy molesto.

— ¡Entiéndame! —respondió ella. —Se puede casar conmigo y lo tendrá todo.

— ¡Por favor cállese y salga de aquí! Apenas termine el mes me largaré. Ya no la soporto ni ver...

Cristina le dio una bofetada.

— ¡Qué le pasa! ¡Está loca!

— ¡Eso es para que no te atrevas a alejarte! ¡Nunca me alejaré de ti! ¡¿Entiendes?! ¡Nunca! ¡Nunca!

 

Cristina salió corriendo, tratando de mantenerse para no llorar. Pero al bajar las gradas en el segundo piso se encontraban María y Carlos:

— ¿Señora Cristina qué le pasó, acaso no le funcionaron los planes de amor? —Dijo la mujer.

— ¡Ustedes cállense y no molesten!

Carlos observó a su esposa con enfado:

— ¡María qué te he dicho! deja de inmiscuirte en la vida de otras personas.

— ¡Vos déjame! Sabes que cualquier rato me largaré de este chamizo al que me trajiste.

— ¡Lárgate para adentro ya! Dijo Carlos indicando el interior de su departamento con el dedo índice de su mano derecha.

— ¡Ya no molestes! —Contestó María mirando fijamente los ojos de su marido, no pudo contener la sonrisa cómplice que dibujaron sus labios, y finalmente entró a su departamento.

Cristina bajó las gradas tan rápido como pudo, para que no vieran su cara en llanto.

En su cuarto lloró desconsoladamente y prometió que obtendría la atención de Daniel a toda costa. Se puso a planear como iba a conseguir el amor de su querido ahora que las cosas se pusieron mucho más difíciles. Mientras meditaba se dio cuenta que su cuerpo no le pedía favor a ninguna jovencita ya que siempre lo supo cuidar "Pero... ¿Cómo haré con mi rostro?" Pensó. Recordó que alguna vez su amiga Sandra le comunicó en son de chisme, que uno de los más prestigiosos médicos plásticos se encontraba de paso por Lesyac. Ella pensaba... ¿Me dejarán como quiero? ¿No me harán daño? Mientras cavilaba dijo una frase de la cual alguna vez se arrepentiría:

¡Está bien! —pensó. — ¿Qué puede ser peor? Ahora mismo averiguaré como encontrar a ese doctor.

— ¡Ring! ¡Ring...! —Sonó el teléfono—, Sandra acababa de lavar la vajilla de la cena y aún no se secaba las manos. Tenía treinta y cinco años y aún conservaba algo de la fresca belleza de su juventud.

— ¡Ring...! ¡Ring...! —Sandra terminaba de secarse las manos.

— ¡Ring...! ¡Ring...! ¡Ya voy! —Gritó y se apresuró a contestar. Llegó a su cuarto, y con delicadeza y elegancia tomó asiento en su cama recogiendo su elegante falda negra.

— ¡Aló! —Contestó.

— ¡Hola Sandra cómo estás!

— ¡Cristina que tal, cómo vas!

— ¡Bien! Te llamé porque deseo que me des un dato.

— ¿Cuál? —respondió Sandra.

— ¿Recuerdas que me comentaste de un cirujano muy bueno que ha llegado a la ciudad?

— ¡Qué...! ¿Vas ha hacerte algo?

— ¡Sí...! Por ahí unas cositas—. Respondió Cristina.

— ¡Ay no seas así! Todos sabemos a qué le quieres dar unos toques.

—Sí, afirmó Cristina, —no hay nada que ocultar. ¡Ya lo sé! todos se ríen de mi rostro porque tengo cara de monstruo.

— ¡No seas así! Tampoco es para tanto, ya comenzaste con dramatismos.

— ¡No son dramatismos!, —dijo Cristina algo alterada. —Sino que estoy harta de lo que piensa la gente de mí.

— ¿Qué te pasa, estás llorando? —preguntó San

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Publicado por franzstephen @ 13:52  | CUENTOS DE TERROR
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