Viernes, 16 de enero de 2009

Mandi

Estaba en las escaleras eléctricas de la estación “Mancera”, cuando la vio, unos cuantos peldaños más abajo, con el cabello suelto y despeinado sobre la espalda, como la muchacha descuidada y poco vanidosa que siempre fue. Y aún así, hermosa. Hermosa, fría, inteligente y callada, como aquel día en que la vio por última vez.

 

De pronto, Miguel olvidó hacia dónde se dirigía. Sólo podía pensar en ella, y en los pocos meses que compartieron juntos; en su sonrisa al despertar, y en el olor, el bendito olor de su cuerpo después de bañarse. Miguel dio un empujón al hombre que estaba enfrente, como si con ello pudiese acelerar el ritmo parsimonioso de las escaleras, pero fue inútil. Tan pronto bajó, Mandi se hundió en la densa y movediza selva de cabezas apuradas en la estación. Miguel descendió a empujones las escaleras, haciendo tropezar a una mujer que llevaba a su hijo de la mano.

 

Mandi caminó a lo largo del andén hasta la sección para mujeres, de la que Miguel se vio inmediatamente vetado. El hombre esperó lo más cerca que pudo, hasta la llegada del tren, anunciada por el suave retemblar del suelo y sus chirridos de infierno. Esperó un poco para cerciorarse de que Mandi lo tomaría, cuando la vio subirse en el vagón de mujeres él tomó vagón contiguo, con la idea de interceptarla en alguna otra estación.

 

Adentro estaba repleto y flotaba un extraño y denso calor humano. Apretujado entre los barrotes de los asientos y las puertas, Miguel aguardó impaciente a la siguiente parada. Comenzó a sudar.

 

 En la estación “Jóvenes Altivos” descendieron unos pocos, y Miguel asomó la cabeza para ver si Mandi había bajado. Pero lo único que consiguió fue el riesgo de morir decapitado por las puertas automáticas. Una ola de impaciencia se convirtió en obsesión cuando no la vio bajarse ni en “Pablo Palacio” ni en “Andrés Barrionuevo”, ni mucho menos en “Priscila Vallejo” donde no bajó nadie.

“¿Y si ella había bajado sin que me diera cuenta? ¿Y si se arrojó por la ventanilla?” Las hipótesis se volvían absurdas. Incluso los íconos que anunciaban el nombre de cada estación parecían burlarse de él. Como el ave de la estación “Palmira” con el recordó la última e hiriente burla que escuchó de los labios de Mandi: “¿Ves ese pájaro? ¿Has visto ése pájaro, hijo de perra? ¡Ese me causa mucha más satisfacción que tú, pedazo de mierda, ese puto pájaro pintado!”.

 

En la estación “Sinchay”, el coyote dibujado con blanco y verde le habló de su primera noche juntos: “Es que tú no gimes, Miguel... ¡Aúllas!”. Las hojas blancas sobre campo olivo que anunciaban la estación “Viveros”, susurraban el recuerdo de las plantas con que Mandi decoró la terraza de su departamento en Lesyac. Y es que todo en realidad hablaba de ella, todo. Desde aquella tarde en que se marchó llevaba su nombre y la estampa etérea de su presencia.

 

Para cuando el tren llegó a la estación “Universidad”, Miguel había enloquecido de añoranza. No había otra alternativa: Mandi debía bajar ahí porque era la última estación de la línea. Tembloroso, pero con el aplomo de los apasionados, Miguel descendió y le vio subir a las escaleras eléctricas que llevaban a la plataforma suspendida sobre la calle. Aún no le había visto a la cara, mas, no le cabía duda de que se trataba de ella. Caminaba con aquella soltura de las intelectuales neo-hippies, y Miguel casi pudo adivinar entre sus manos un libro sobre capitalismo moderno (tema que detestaba y que, sin embargo, Mandi siempre sacó a colación acompañado de un sermón irritante en contra de los burgueses, Yorch Bush, y de paso, los MacDonals que habían invadido las calles).

 

Miguel subió las escaleras tras ella, tarareando “Rosas” de la Oreja de Van Gogh (que por cierto, canturreaba Mandi al bañarse) y meneando la cabeza de un lado a otro, mientras los apurados estudiantes le observaban con un poco de incredulidad y otro poco de burla. Miguel no pudo evitar sentir que él, ridículamente, se había convertido en el protagonista varonil de aquella canción. Esperando a que ella, en verdad, regresara con flores después de su abandono. Aguardando los viernes en la tarde junto al teléfono, a que llamara. Saliendo con muchachas bobas para compensar aquel hueco que había dejado Mandi al partir, con sus odiosas conversaciones marxistas en la maleta y sus libros de Simone de Beauvoir empacados junto a la ropa interior. Entonces, de amarla empezó a odiarla. Otra vez.

 

 Mandi cruzó el puente peatonal que conducía a la entrada de la universidad. A lo lejos, era apenas visible la serranía del Chunguagua, vestida con la humareda de aquella ciudad enferma de neumonía y vapores tóxicos vomitados por los camiones. El verde de los bosques de la universidad contrastaba con los gigantes bloques de metal y vidrio, y los tonos pardos de los murales de Pedro Sivski y Daniel Márquez.

 

La muchacha llegó a la parada de los autobuses internos de la universidad. Estaban abarrotados y una larga cola anunciaba que seguirían así, en por lo menos dos horas. Se encogió de hombros con desenfado y decidió caminar hasta la facultad de Ciencias Políticas. Todavía era temprano y había que aprovechar aquella mañana no tan saturada de smog.

 

Miguel se escondió detrás de los árboles y acechó a Mandi, hasta un claro del bosque lo suficientemente apartado de la calle. La joven se detuvo para quitarse los tacones y caminar descalza en el pasto, mojado por la lluvia de la noche anterior. Había algo raro en el ambiente, estaba denso, y no era el aire picante de los camiones. Cierta electricidad anormal, una especie silencio, un silencio profundo, Quizás, un silencio de muerte.

 

 Miguel no esperó más. Saltó de entre los arbustos sin darle tiempo para volverse y la sometió en el pasto. La muchacha soltó un alarido con los ojos cerrados, segura de que iba a morir. El atacante le cubrió la boca con su mano.

 

- No... No grites, Mandi. –Dijo él, con la voz en un hilo- ¿No ves que soy yo, Miguel?

La joven abrió los ojos, y sólo entonces Miguel descubrió que aquellos no eran los ojos azules de Mandi. Ni aquellos labios blancos del susto eran los de su boca.

 

- ¡Por favor, por favor! –Rogó ella- ¡Traigo el dinero en la mochila, pero no me toque!

Miguel tragó saliva, confundido, sin atreverse siquiera a disimular su estupidez hurgando en el morral de la muchacha.

 

- ¡No me toques, cabrón, que tengo sida! –siguió chillando.

 

Miguel perdió el control de sus pensamientos. Ahora, sobre el pasto fresco, recordaba todo con claridad. El pasto, la misma impresión táctil de su última discusión con Mandi, cuando salieron a la terraza y él arrojó sus plantas a la calle. Sus manos, agitadas y tensas, recorrieron el cuello de la joven y apretaron, como aquella vez en el cuello de Mandi. Una gota de sangre cayó de su nariz sobre la boca de la desconocida y se fundió con el rojo de su piel sofocada. Ella sólo podía ver el rostro lleno de ira de su agresor y sus ojos inyectados en sangre.

 

La muchacha dejó de moverse. Del mismo modo en que Mandi quedó inmóvil en la terraza. Miguel se miró las manos, negando a sí mismo la posibilidad de que hubiese sucedido de nuevo. Era la sexta vez que le pasaba. Era la sexta vez que Mandi revivía en otro cuerpo para volver a morir, obstinada desde alguna parte en no dejarlo sufrir en paz su soledad. Esto es tu culpa, Mandi. Es tu culpa. Es tu culpa, tu culpa...

 


Tags: MIRA HACIA DONDE VAS

Publicado por franzstephen @ 13:53  | CUENTOS DE TERROR
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