Lunes, 15 de junio de 2009

INVISIBILIDAD

 

 

 

 

 

      De pronto vi la carpa en media plaza, era igual a la de los gitanos pero de verde oscuro, militares pensé, otra campaña de salud o vacunación.

 

      Me acerqué tímidamente, tratando de adivinar lo que había dentro. Desde la entrada observé una serie de mesas con libros y varias personas examinándolos. Levanté la mirada hacia el rótulo que decía: “Feria del libro”. No soy amante de la lectura pero si del bochinche, así que entré. La mayoría de los libros eran viejos y deteriorados, otros lucían medios nuevos pero usados. Abrí un “Patito Escribe”, estaba lleno de garabatos infantiles jugando a ser letras. Había también, unos libros que integraban una colección esotérica: Magia blanca, negra, roja, verde… etc.

 

      Pero el que llamó mi atención fue:

“Los Hechizos de San Cipriano”.

 

      Si hubieras visto, ¡qué portada! Una mujer desnuda bailaba en una olla junto al diablo.

 

      Primer Hechizo:

Para tener próspera pesca…

 

 

      Segundo hechizo:

Para sosegar la cólera….

 

      Tercer Hechizo:

Para obtener los favores del demonio…

 

      Pero al ver la cuarta fórmula supe lo que deseaba:

 

      Cuarto Hechizo:

Receta para volverse invisible…

 

      Consistía en introducirle habas a un gato, una en cada oído, otra en el ano, y una en la boca. El gato debía ser completamente negro. Bien dicen que estos son de mala suerte.

 

      ¿Quieres ser invisible?

 

      “Si fuese invisible lo primero que haría es entrar al cuarto de Jennifer Espinazo, la buenota”

 

      ¡¡Un libro así, vale la pena!! —Me dije.

 

      Examiné mis bolsillos y encontré unas monedas, pero sólo me alcanzaba para cuatro chicles.

 

      Por curiosidad examiné el precio. Cinco cresus. ¡¡No me alcanzaba!!  Entonces pregunté:

 

        ¿A qué hora cierra?

 

—Seis y media —dijo.

 

—Ya regreso —contesté. Típica coartada de un chiro. 

 

      Pensé en el libro y cómo adquirirlo. Pero seguía sin dinero

 

      La exposición se fue de la ciudad junto con mis planes.

 

      Intenté conseguirlo en varias bibliotecas, pero no obtuve resultado. Entonces me dirigí hacia las viejas librerías, hasta que en una vieja tiendecita hallé al fin el extraño libro Los Secretos de San Cipriano.

 

      Averigüé el precio. Nueve cresus.

 

      Llegué a casa buscando dinero, como no hubo, le pedí a un amigo.

 

      Fuimos con él y lo compramos.

 

      No dormí de la emoción, varias veces lo saqué para admirarlo.

 

      Se lo enseñé a un amigo que tenía gatos, especialmente oscuros. Pareció interesarse aunque no quiso, dijo que los suyos no eran del todo negros.

 

      Siempre lo llevé conmigo. Mi abuelo me lo pidió y lo analizó, pasó rápidamente sus páginas queriendo hallar algo interesante,  al rato me lo devolvió sonriendo:

 

—La brujería no existe, pero todo libro es bueno.

 

      Un martes de noche robé un gato de mi amigo. El hechizo no daba resultado si tenía un pelo diferente, y éste, tenía dos manchas blancas, una en su cabeza y otra en el pecho. Dejé a cambio dos sitios completamente pelados, así conseguí un gato sin un pelo blanco.

 

      ¡No sé cómo, pero lo hice!

 

      A las doce de la noche ya estaba el infeliz embuchado con habas. Lo puse en un costal y lo sepulté vivo. 

 

      Aquella noche escuché maúllos, lo sentí aproximarse. Ahí estaba, con su mirada impenetrable. Sus aterradores ojos amarillos reflejaban el sufrimiento dentro del saco. Luego se convirtió en algo tan horripilante que lo peor que había imaginado parecía un dulce sueño. Lo que vi no tenía nombre.

   —Bienvenido– espetó la cosa con una voz que reía como entre coágulos.

 

Sujetó mi cuello con su puño grueso peludo.

 

Me jaló hasta sus horrendas fauces.

 

—Ven –gruñó la cosa–, Ven aquí. Te llevaré conmigo, ya lo verás.

 

   —Serás invisible –susurró aquella voz nauseabunda, riendo, y de pronto sonó un desgarro, hubo un relámpago de agonía, y desperté.

 

      Sé que fue el demonio, el libro lo decía.

 

      Luego de unos meses coseché las habas y me senté frente a un espejo. Esperé a que mi familia salga de casa para introducirlas una por una en mi boca, sólo así sabría cuál tenía la facultad de tornarme invisible.

 

      Al principio experimenté con todas y ninguna dio efecto, continué haciéndolo, y conforme pasaba el tiempo acrecentaba mi obsesión.

 

      Probé varias veces, día tras día, hasta que un martes en la noche desaparecí del espejo. Mi vestimenta flotaba. Como si todo mi cuerpo no fuera más que una simple masa de aire.

 

      Como debía ser un secreto me quité la ropa. Quedé plenamente desnudo, sólo yo podía verme.

 

      Al salir observé a varias personas caminando desnudas por la calle, entre ellos, una joven veinteañera que corría alegre de un lado a otro. ¡Quién lo hubiera creído! ¡Tanta gente invisible! No sentía vergüenza, era normal.

 

       No decían nada, pero la chica me veía como si quisiera que la siga. Tenía un cuerpo admirable. Se detuvo en una casa, me hizo un guiño, y entró.

 

      A la casa de Jennifer sólo podía ingresar por encima de la verja. Al pasar me lastimé el tobillo y salió sangre. Me distraje y no advertí  el otro pie trabado en la verja. Caí como un saco de arroz. Casi me tragué el haba. Un perro ladró adentro.

 

      En el balcón apareció Jennifer con sus padres. Alguien dijo algo que no comprendí, noté que podían verme.

De pronto el hermano de Jennifer abrió la puerta, salió el perro y  me atacó.

 

      Mientras me defendía, el hermano de Jennifer me pateó, caí contraído, luego me apaleó varias veces con un pedazo de madera diciendo:

     

      ¡Toma pervertido! ¡Toma pervertido!

 

      Sentía que agonizaba, sentía que me moría. Me arrepentí ese instante de haber intentado espiar a Jennifer, pero no podía hacer nada, en ese momento, estaba perdido.

 

      Un automóvil paró frente a la casa, logré distinguir las luces rojas y azules en la capota.

 

      Tres policías bajaron, dos me llevaron casi cargando hacia el vehículo. Estaba inconsciente.

 

      El perro no paraba de acosarme, hasta que me pusieron a salvo en la parte trasera del auto.

 

      El otro policía tomaba la versión del padre de Jennifer. Ella aún seguía en el balcón.

 

      El conductor notificó por radio acerca de un posible pervertido.

 

      Asustado miré a mí alrededor, de pronto empezó a llover. En ese momento llegó el otro policía y partimos.

 

      Camino a la jefatura me preguntaron qué hacía. Los miré fijamente... Y callé.

 

      Al llegar, dos homosexuales no paraban de verme. El frío era intenso.

 

      Los policías me dieron una prenda vieja y mal oliente que me la coloqué enseguida.            Saqué el haba de mi boca y la puse en el bolsillo.

 

      Dos uniformados me arrastraron hasta una celda. 

 

      El olor nauseabundo de la especie humana se había concentrado en aquel lugar.  Apestaba a orines, a leche podrida. Del sifón salía un hedor que inundaba todo el cuarto. Una asquerosa rata gris, roía un pedazo de hueso seco.

 

      Adentro se hallaban más de veinte personas. Algunos dormían; otros mitigaban el frío bebiendo licor junto a un balde lleno de heces tapadas con tierra.

 

      Unos individuos en tono amistoso me preguntaron si tenía un cuadro, les dije que no, que no soy marquetero, se rieron como si fuese de broma. Me recosté en el piso y traté de dormir.

 

      En la mañana me indagaron. Deseaban saber si soy un violador o un drogadicto. Respondí que no, y pedí una llamada telefónica. El teléfono de casa timbró pero no contestó nadie, olvidé que saldrían.

                                                                                                                                  

      Me realizaron exámenes, pero no encontraron nada más que lo habitual. Luego el psicólogo me preguntó varias veces la razón por la que anduve desnudo. Me sentí acorralado y procedí a contarle del libro, de las personas desnudas y el gato.

 

      Ahora estoy solo, en este sitio, sin poder escapar.

 

      Aún atesoro el haba que hace invisible. A ratos veo a la hermosa chica de veinte años; que corretea desnuda por el jardín sin que nadie más la pueda ver. No puede ingresar, sólo mira desde la ventana, porque este lugar es inmune.

 

      ¡Debo salir, hacerme invisible y escapar!

 

      —Señores, Soy el Doctor Jiménez, siquiatra. Su hijo no muestra rehabilitación. Todos los días en aquel rincón le narra a un ser imaginario la historia de su vida, así como el conjuro para tornarse invisible. La ciencia ficción le ha hecho una mala pasada, lo ha llevado a la locura.

 

      A veces se desnuda, pone un haba en su boca, y pretende ser un personaje invisible...

 

      Varios meses después, el joven ya recuperado salió del sanatorio. Al revisar su bolsillo notó que el haba seguía ahí. Mientras caminaba, la puso entre los dientes y misteriosamente desapareció. Unos metros más adelante, reapareció mientras la sacaba de su boca. 

 

     — ¡¡Creyendo en pendejadas!!— Exclamó.

 

      La tiró enérgicamente al río y se marchó.

 

 

      FIN

 

 

      SEGUNDO FINAL

 

 

      Varios meses después el joven salió del sanatorio. Se hizo invisible y regresó a casa.

 

 


Tags: Invisible, blogs, cuento

Publicado por franzstephen @ 18:02  | CUENTOS FICCI?N
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