CUENTOS DE UN MISMO INICIO 3
Sección meretrices
Onajolamat, decaigtha at trefa IICCN
Hipoteca
Me fui a acostar a los niños y cuando regresé a la habitación, noté queella estaba en la ducha. El dinero estaba sobre el velador; estuve tentado acoger un par de billetes pero no lo hice, quería más bien que el paquete seamás grande, lo suficiente para que mi esposa dejara de acostarse con otroshombres y pueda pagar la casa de sus sueños, casa que tanto sudor le ha costadoa su cuerpo.
Deudas
Me fui a acostar a los niños, luego regresé a su alcoba; agarré elcesto lleno de condones usados y me dirigí al basurero. Cuándo mamá dejará dehacer esto, me pregunté. Ese día ella tenía un propósito. Yo no sabía simostrarle o no la notificación que enviaron de la escuela, que ya se cumplía lafecha para el pago de pensiones, otro día de tortura martilleaba mi vida.Empecé a llorar. Metí la mano en el bolsillo y apreté con mi puño el dinero queella me había dado para pagar, junto con el papel de la escuela; ese malditopapel que alargó por un día más mi condena.
Actos
Me fui a acostar a los niños, cuando regresé ella ya estaba arreglada,aquella noche había sido contratada para un acto especial, y le pagarían muybien sus servicios. Dos cuadras más adelante parará un carro lujoso parallevarla, sabe que el cliente es importante y que debe tratarlo bien.Precisamente hoy, el día de nuestro aniversario, es también la segundadespedida de soltero del jefe.
Gajes del oficio
Me fui a acostar a los niños y a sacar al perro; luego entré a mi habitacióny me eché de bruces sobre la cama. Sonó el timbre, pero ya estaba advertido queno debía abrir. Al poco rato mi madre abrió la puerta e hizo pasar alvisitante. Se los escuchó caminar hasta el cuarto del fondo. Aquellos eran losminutos más atormentadores de mi vida. Al rato ingresó ella a mi alcoba, conlas ya conocidas barra y palas en sus manos, me dijo:
—Hijo, sé que no te gusta hacerlo, pero te prometo que será el últimopor esta semana.
Visitantes de paso
Me fui a acostar a los niños, cada uno en sus respectivas camas, cuandome dispuse salir, Juan me llamó la atención:
— ¡Marcelo!
— ¡Qué!
— ¿Quiénes son esos señores que vienen a ver a mi mamá?
Sentí que las tripas se me hicieron un nudo, sentí que ya no debíaseguirles mintiendo, o quizá, terminarían odiándonos a mamá y a mí por toda lavida.
— ¡Marcelo! ¿Quiénes son? —volvió a preguntar mi hermano.
Quise decir algo pero me contuve. Era la oportunidad perfecta. Siemprequise contar a alguien sobre nuestro secreto. ¡Maldita sea la noche en queentré a la habitación de mamá para preguntar del control remoto de mitelevisión!
—En la noche, no entres —dijo mamá— ¡No entres, y quédate en tu cuarto!
La mirada de Juan no se apartó de la mía buscando una respuesta, y lavoz de mamá retumbaba en mi cabeza: ¡No entres, Marcelo! ¡No entres! ¡Noentres!...
Necesité más coraje del que tuve cuando le mostré a mamá los pedazosdel jarrón que rompí jugando pelota en la sala. Más coraje del que necesitécuando le caí a puñetes al Pablo por insultar la honra de mi madre, aunque muyen mis adentros yo sabía que él tenía razón. Necesite mis doce años biencumplidos al momento de mirar a mi hermano menor y decirle:
—Solo son visitantes de paso.
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