Viernes, 14 de junio de 2019

Cuento de Antonio Campoverde, basado en un hecho real de la política nacional del Ecuador

24 de Mayo

Niño indígena

El veinticuatro de mayo del dos mil nueve, el presidente Rafael Correa invitó a sus homólogos:
Hugo Chávez de Venezuela y Evo Morales de Bolivia, para que honren con su
presencia en la ceremonia de cambio de guardia en la Cima de la Libertad en
Quito. En la ceremonia había veinticuatro niños en una fila, pertenecientes a
veinticuatro de las treinta y dos nacionalidades y pueblos indígenas del
Ecuador, con lustrosos trajes típicos del pueblo y de la nacionalidad a la que
representaban. Cada niño llevaba una bolsita con tierra, que representaba a
cada una de las provincias del país.

Amauta, un niño de sólo ocho años, perteneciente al pueblo Saraguro; veía todo el suceso desde
el televisor que en la Casa Comunal de Tenta, el Teniente Político había puesto
para todos. Uno a uno iban pasando los niños hasta donde se encontraban los
presidentes, y con toda solemnidad de la que un niño es capaz, saludaban a los
mandatarios con besos y abrazos mientras algunos hombres bien trajeados, para
usar el lenguaje común de mi pueblo, mujeres encopetadas, ministras y ministros
que estaban sentados en las sillas al frente de los mandatarios, no perdían el
tiempo para tomarles fotografías o para enviar a algún fotógrafo a que lo haga,
y ellos, con sus celulares, no perdían el tiempo de llamar la atención de su
escogido, para tomarle algún retrato con su celular de lujo. Luego, los niños,
con ayuda de los mandatarios, iban depositando la tierra de la bolsita dentro
de un cubo de vidrio que había sido preparado para el efecto.

El niño representante del pueblo Saraguro, era rubio igual que mayoría de los niños que
ahí se encontraban. Tenía un hermoso traje típico, a la vista, nuevo, y debajo
de su sombrero brillaban sus hermosos ojos verdes en aquel rostro blanco y
límpido como la nieve. El niño Shuar, traía una peluca negra muy larga, sobre
su cabello cobrizo; sus ojos eran azules y su sonrisa perfecta.

Amauta los vio tan diferentes a los que había conocido toda su vida, aquellos que tenían la
piel dorada por el sol del campo, las manos ajadas por la labranza de la tierra,
los pies llenos de callos, que la pobreza y los caminos pedregosos fueron
esculpiendo con el tiempo. Miró los rostros de sus mayores, llenos de arrugas y
carcomidos por el sol. Su trenza, larga, negra y llena del polvo de los caminos
sin asfaltar de su pueblo. Los dientes de su hermana, carcomidos por la caries,
como los dientes de él, como los dientes de todos los que aún tenían dientes.
En esa parroquia jamás ha llegado ningún dentista, y si lo ha hecho, no ha sido
para atender a nadie.

Arrinconado en una esquina del lugar, detrás de la multitud, Amauta lloró. Lloró porque se
había dado cuenta de que la gente de su pueblo, ante esas personas de traje y
copete, no servían ni para representarse a sí mismos.

Y la tierra de las bolsitas que antes había sido depositada en el cubo de vidrio, que aunque
sea lanzada por un barranco o sobre un potrero, que aunque sea botada a la
basura y luego dé a parar en algún relleno sanitario de la Capital, quedará
inerme con en tiempo. Para que se sepa.


Publicado por franzstephen @ 20:33  | POLITICA
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